Los peces dorados
también bailan…
también bailan…
Habíamos irrumpido en Nigeria
blancas color “invierno español”. Tras dos meses y mucho sol ya brillábamos como
peces dorados orgullosos aleteando sus nuevas escamas al nacer. Los locales nos
llamaban Ojibo pero no sabían que ya estábamos mutando la piel y se comenzaba a
atisbar cierto peligro en nuestra mirada.
Si fuéramos peces en Nigeria
seríamos pequeños y bailongos Goldfish. Vivíamos en nuestra pecera, aunque de vez
en cuando salíamos al océano en busca de piratas, capitanes y barcos hundidos. Convertíamos
la adrenalina en carcajadas y así éramos felices, nadando y bailando al ritmo
africano.
Julia creía que en otra vida fue
africana pero lo que no sabía era que el problema era que nos habíamos
convertido en Peces dorados y el ritmo Afrobeat nos había conquistado cual
sirena cantando a un marinero.
Dicen que ser feliz es la
sucesión de muchos pequeños momentos felices. Julia y yo teníamos una colección
a nuestras espaldas y aunque África tenía sus efectos secundarios estábamos
rendidas a sus pies.
-Quiero un
post de Afrobeat, y tiene que ser esta noche.
The African Princess se estaba
poniendo seria y tenía razón. Su ceño me amenazaba firmemente y sin piedad. La
verdad, me resultaba complicado seguir evitando escribir sobre ello. ¿Cómo
describir música con palabras? Incluso yo me sentía incapaz… Lo único que sabía
era que la música corría a mi alrededor y yo sólo podía rendirme ante ella. Ese
ritmo movía cada minúscula parte de mi cuerpo y no importaba el resto del
universo porque mientras sonara la música todo iría bien.
Si lo pensabas era de locos el
poder que esa música tenía sobre nosotras. Las últimas semanas habíamos
descubierto uno de los sitios que con el tiempo se convertiría en uno de
nuestros favoritos. Lo tenía todo: historia, cultura, aire libre, diversión y
música. Era el príncipe azul musical: Freedom Park, una antigüa cárcel
reconvertida en terraza de verano española, museo, y anfiteatro para conciertos.
La mezcla de culturas en Freedom
Park era evidente, pero cuando sonaba el ritmo afrobeat todos éramos iguales,
sin importar el color de la piel. Por unos minutos al mes, los viernes por la noche
la ciudad de Lagos saltaba al mismo ritmo… el ritmo de Freedom Park.
A veces era demasiado para
nosotras y no siempre podíamos seguir bailando al ritmo nigeriano. Nuestra
cultura tiraba fuerte de nosotras, nuestros valores tenían heridas de guerra,
pero seguían siendo parte de nosotras y a veces por dentro sentíamos esa lucha.
La mayor parte de la batalla de culturas era como subir a los autos de choque,
cada golpe era una risa asegurada.
Uno de esos golpes tuvo lugar en
la piscina del Federal a la que no solíamos fallar ni una tarde después del
trabajo. Nuestro lugar de desconexión… pero ese día nos saltamos las normas y
madrugamos un sábado para aprovechar el día antes de empezar la fiesta.
Tras observar por unos segundos a
otra de esas parejas muy comunes en Nigeria (chica joven local y señor mayor
blanco) seguimos nuestra conversación de sábado analizando por octava vez los
acontecimientos de la noche anterior. Todo parecía ir como un día cualquiera,
pero como siempre la ciudad nos volvía a sorprender y cuando me zambullí en el
agua harta de los rayos del sol la chica local se acercó buscando mi amistad… y
tuvimos nuestro primer choque-carcajada del día. Nunca el ofrecimiento de un
trío pudo ocasionar tanta risa e incredulidad como cuando volví junto a Julia y
le conté el ofrecimiento.
-Hi! How are
you? Do you mind if we are Friends? Are you into girls?
-Mmmm no,
sorry
-Oh, so you
are hetero. Are you sure you don’t want to try it?
Mi cabeza sabía lo que estaba
pasando pero mi cuerpo no podía salir de allí, me sentía atrapada en la piscina
con la única salida bloqueada. O salía nadando o hacía como que me pasaba todos
los días y la rechazaba educadamente. La segunda opción me pareció más digna,
así que tras los 7 minutos más incómodos de mi vida nos pasaríamos las
siguientes 24 horas recordando ese momento de locura.
Esa no sería la última vez que
una local se acercaría a nosotras, pero como todas las primeras veces merecía
su momento especial.
Lo que más me gustaba de Julia
era la habilidad que tenía para sorprenderme con sus historias. Tenía una
pulsera diferente para recordar cada uno de los momentos que no quería olvidar.
Me encantaba la idea, pero todos esos momentos se iban acumulando en mi cabeza. La visita al mercado de Yaba,
nuestra primera compra de telas y cómo pagamos más del triple de lo que
valían, nuestro primer viaje juntas a
Mainland y el primero separadas, las noches de fiesta, la playa de Eleko un miércoles
de San José en Nigeria y los momentos de inmensa felicidad de las últimas
semanas.
-Si un día me
pierdo en Nigeria, sabes dónde encontrarme – le dije a Julia con la cara
iluminada tras pasar los primeros cinco minutos absorta mirando el paraíso que
nos rodeaba.
Estábamos en África aunque a
veces se nos olvidaba. El viento golpeaba mi cara y no podía quitar esa sonrisa
extraña de felicidad.
Pero hubo un día especial en que
Nigeria me robó el corazón. Uno de esos días perfectos que sólo pasan una vez
cada mucho tiempo. Uno de esos días mágicos que te encogen el alma.
Recorriendo la laguna llegamos a
una zona tropical poco transitada. Las palmeras nacían en la orilla de la
laguna y la maleza escondía secretos que no imaginábamos. Tras nadar a la
orilla y atravesar el poblado indígena la playa se oteaba azul y radiante.
El
sol brillaba con fuerza y los niños de la aldea nos seguían curiosos como si
viviéramos una de esas aventuras a las que jugábamos de niños… Por un momento
mi corazón se paró y me sentí cómoda en mi mundo perdido, en mi País de Nunca
Jamás.
La vida me sorprendía cuando más
lo necesitaba y sólo el miedo podía impedirme vivir cada momento como si fuera
el último. Poco a poco lo estábamos consiguiendo, poco a poco conocíamos la
ciudad como la palma de nuestra mano.
El color de nuestra piel cambiaba,
nuestras escamas se hacían cada vez más doradas y cada vez bailábamos más
rápido convirtiendo el choque de culturas en una mezcla intermedia como si ese
hubiera sido su lugar natural... como si ese pudiera ser mi lugar favorito en el
mundo pero nunca lo hubiera sabido.