miércoles, 29 de enero de 2014

Big Fish

BIG FISH


Hacía ya una semana que habíamos aterrizado en la ciudad. Immanuel seguía perdiéndose con las nuevas direcciones a las que le mandábamos ir, así que los trayectos en coche eran toda una odisea. Sabíamos desde dónde salíamos pero nunca dónde íbamos a llegar.

En uno de nuestros días libres Julia y yo decidimos visitar el Mercado de Lekki, famoso en la ciudad por su artesanía y sus piezas únicas de marfil. Julia le dio la dirección a la que nos dirigíamos a Immanuel mientras charlábamos animadamente. Él, dudoso, arrancó el coche y de reojo me pareció que no tenía ni idea de cómo iba a llegar hasta allí. Mis sospechas se confirmaron cuando en medio de un sol justiciero y con 30 minutos de trayecto a nuestras espaldas paró en un mercado callejero local.

 “This is not the place”– dije alterada ante la insistencia de Immanuel – Aquí no es, Julia, pero bueno, bajemos, vamos a ver qué hay por aquí.

Los latidos nos iban a mil por hora mientras nos adentrábamos ante los pasillos estrechos y malolientes del mercado. A cada paso que dábamos más me acordaba del Callejón Diagón. Algunos puestos mostraban pescados enrollados y deshidratados ante los que se posaban mil batallones de moscas, frutas tropicales colgaban de otros e incluso se podían ver productos occidentales a lo lejos. Los locales nos miraban al pasar con extrañeza y hasta creí ver de refilón a uno de ellos que nos escoltaba. El olor putrefacto de insalubridad pudo conmigo un instante y aceleré el paso sin perder de vista a Julia. Cinco minutos después salíamos al encuentro de Immanuel que nos llamaba informándonos de lo que ya sabíamos: ese no era el mercado de Lekki y le habían dado nuevas instrucciones para llegar hasta allí.
Por supuesto, cuando por fin llegamos al verdadero Lekki Market el lugar no nos defraudó.

Tras nuestra aventura, las primeras semanas estaban siendo muy interesantes, así que cuando Duhalde, un chef chileno afincado en Lagos, nos propuso un día en la playa no nos lo  pensamos demasiado. Ese domingo nos deleitamos pasando una jornada relajante en la playa de Tarkwa. Todo parecía apuntar a un día cualquiera, tranquilo y sin sorpresas…

¡Error! En Nigeria no había días cualquiera, lo menos pensado podía pasarte de un segundo a otro, sólo tenías que esperar al momento del día en el que menos te lo esperaras y zas! Ahí lo tenías… La inexplicabilidad de lo extraño: ¿A qué huelen las  nubes? ¿Qué criado contratado con una mirada lleva los bártulos? ¿Y por qué un hombre en la playa saca cobras de su túnica?



De repente, el momento que pensaba más surrealista del día se vio interrumpido por una frase cuanto menos común y ordinaria, como si el encantador de serpientes no fuera cosa de un día:

¿Qué hacéis el sábado que viene?

Tanta planificación mereció desviar la mirada para ver de qué se trataba la hazaña. Debía de ser algo sorprendente si el club de expatriados estaba organizando un evento sólo para celebrarlo. Así que miré a Juan Pablo, el encargado de visados del consulado, prestándole toda la atención que un domingo a las 12 me permitía el cuerpo.

El otro día con los italianos pescamos una pieza de más de 14 kg y estamos organizando un banquete dónde Duhalde.- dijo con orgullo.

Sonreí. Menos mal que estaba sentada y que tras una semana me había acostumbrado a las rarezas de la vida en Lagos. Gran hazaña, sí señor, y acto seguido no pude dejar de pensar en esa gran película de Tim Burton. Y es que hay peces que parece que no se dejan pescar en ningún sitio, excepto aquí.

Fue en ese  momento cuando empecé a darme cuenta de la extraña familia que se había formado en cuestión de unas llamadas telefónicas. Nosotras, la nueva adquisición del grupo, nos sentíamos aturdidas ante la acogida de lo que parecía un manual de personajes novelescos. Cada uno con su nacionalidad, personalidad y desparpajo propios. Grandes amigos y mejores personas.

Como recién llegadas nos sentíamos felices, como uno más y aunque pesaba la alegría y el jolgorio también nos inundaba un sentimiento abrumador difícil de explicar. Como si las rarezas del lugar no nos pertenecieran a pesar de estar ya irremediablemente formando parte de ellas.


En esa extraña familia Nigeria era un hogar lleno de contrastes como cualquier país en vías de desarrollo que se preciara. Convivían rascacielos y edificios de diseño con calles sin asfaltar y casas derruidas. La sabana del mítico Rey León había dado lugar a la jungla urbana y la modernidad era bien acogida por la población sin recursos.

Eso mismo debía de haber pensado la adinerada mente brillante que aprobó el proyecto de Eco Atlantic, un plagio de la isla artificial construida ya en Dubái. Sólo llevábamos unas semanas instaladas, pero con lo poco que conocíamos nos daba para saber que los nigerianos ni construyen solos ni inventan nada, así que Julia tenía sus dudas.

Oye, pues igual sale bien esto eh? Porque veo que en el proyecto no hay ningún nigeriano…

Otra frase sorprendente que me hizo troncharme de risa. Y es que era cierto, en Nigeria la única eficiencia que se respiraba era la extranjera. Cuando cerraba los ojos y me empeñaba en recordar fotograma tras fotograma las imágenes del recorrido diario en coche lo único que veía eran nigerianos sentados sin orden ni concierto en cualquier rincón en el que diera un poco de sombra. Aunque no podía observarles durante todo el día me jugaba mi peso en Nairas a que si pasaba por ahí cada 5 minutos hubieran seguido en la misma posición cual figurita de Lladró reluciente en el escaparate.  

Por otra parte, teníamos además el placer o la maldición -depende del límite de nuestra dosis de paciencia- de trabajar temporalmente mano a mano, codo con codo y grito con grito con nuestros compañeros los improvisados consultores nigerianos. Subcontratados no sabíamos si más bien como experimento o como nuestra prueba mensual de superación personal. Con ellos descubrimos que el espíritu nigeriano equivalía al caribeño multiplicado por infinito: “Yes Madam”.

Julia era más fuerte que yo. Ella siempre respiraba antes y contaba hasta 10. Era mi premio anual, mi jackpot en ese año de despropósitos. En los mejores momentos compartíamos los instantes Big Fish con miradas cómplices que sólo nosotras sabíamos leer y, en los peores… bueno, esos todavía no habían llegado.

 This is Naija”, nos repetíamos. Era algo que la magia de nuestra llegada nos había impedido captar. Era el halo de misterio que se iba disipando y poco a poco nos dejaba ver la realidad de un país desnudo. Un país que cada día hacía crecer nuestro desconcierto hasta límites insospechados.



Lo fascinante de los icebergs es que sólo ves el 10%, el otro 90% está bajo el agua y no lo ves. Y contigo Nigeria pasa lo mismo, sólo veo un trocito que sobresale por encima del agua.
 

miércoles, 15 de enero de 2014

Peces de Océano

PECES DE OCÉANO

 
 
Hoy después de cenar, descansar y evadirnos en nuestros nuevos sofás vintage de séptima mano Julia me ha contado algo que me ha parecido muy interesante:

          - Yo siempre he pensado que hay dos tipos de gente: gente de océano y gente de charca.

Ante semejante afirmación no he podido más que quedarme perpleja y dejar de atender la pantalla de mi ordenador para escuchar más sobre esa teoría.
          - ¿Cómo?
          - Sí, que hay gente de charca, como un pez que vive en un pequeño lago y no quiere salir de allí porque se encuentra cómodo; y luego, por el contrario, hay gente de océano, que no hacen más que entrar y salir de grandes superficies de agua buscando continuos retos sin temor a lo que puedan encontrarse por el camino.
          - Ahhh – he logrado articular, pensando si entre esos dos tipos de gente habría algún término medio que los combinara de forma extraordinaria -  Pero, ¿depende del momento de cada persona? o, ¿cómo funciona eso?
          - Bueno, sí, pero también es algo que se lleva en la sangre. Tú, por ejemplo, cuando nos informaron del destino de la plaza tuviste que decidir si eras gente de charco y te quedabas en casa trabajando o, por el contrario, te venías a Lagos. Elegiste la segunda opción, así que claramente eres gente de océano.

Sin duda esa conversación me había despertado un poco de mi letargo nocturno y me había dado algo en lo que pensar, ¿sería cierto lo que decía? Por supuesto que me sentía orgullosa de pertenecer al tipo de gente de océano, sin embargo, ¿pueden los peces de océano visitar a los peces de charca sin dejar de serlo? ¿Y qué pasa si olvidan el camino de vuelta? Entre tantas preguntas sin sentido decidí que ya estaba lo suficientemente cansada como para retirarme a la cama, así que le di las buenas noches a Julia y me encerré en mi búnker antimosquitos para intentar conciliar el sueño.

Es curioso como el conjunto de pequeñas decisiones puede llevarte a un momento y un lugar de tu vida que jamás habrías imaginado. Hace un año soñaba con destinos afrodisiacos y hoy me encuentro casi dormida en la cama de un dúplex que comparto con Julia en Lagos (Nigeria), en medio de la África profunda donde los blancos son llamados Ojibo (extranjeros) y un chófer nos lleva de puerta a puerta dejando a nuestro antojo su destino durante la mayor parte del día.
 

¡Pobre Immanuel! Cuando le propusieron trabajar para nosotras en la Oficina Comercial de España nunca imaginaría la negra mole de coche heredado que le daríamos como herramienta de trabajo. Cada vez que paramos en un lugar me apiado de él e intento no mirar la cara de pena de lo que parece un cachorro a punto de ser abandonado sin saber cuándo volverá su dueño a jugar con él.

Por aquí dicen que apiadarse del servicio es tomado como signo de debilidad por los nigerianos y que lo aprovechan en tu contra. Posiblemente tengan toda la razón, hoy ya nos ha pedido una suma exorbitante para comprar utensilios de limpieza para el coche… pero un cachorro es un cachorro, ¿no? Al fin y al cabo sigue estando en período de prueba hasta dentro de un mes. Tengo que reconocer que tras pegarle la primera bronca por pararse ante la seguridad del complejo ya le he cogido un poco de cariño.

           - No one can’t stop us when we are in the car, Immanuel.  We have the diplomatic license plate and they must see it, do you understand that?

Julia se lo había dicho firme y claro al chófer tras mi enfrentamiento con el guardia de seguridad del complejo que nos preguntaba a qué bloque nos dirigíamos. Sin embargo, tras sus palabras, Immanuel pareció no inmutarse y, a pesar de no emitir ningún sonido de respuesta, supimos que lo había entendido cuando de repente parecía no querer pararse ni en las señales de stop.

    - Es importante que no digamos nuestra dirección completa. – Le dije a Julia al entrar en la última garita de seguridad del complejo en el que vivíamos- Estamos solas y no conocemos a los guardias que nos preguntan, podría complicarse la historia y darnos un susto si nos controlan las entradas y salidas habituales.

Ese día acabábamos de llegar de mantener una charla más que apabullante con la Cónsul de España en Lagos. Había insistido encarecidamente en que mantuviéramos todo lo posible el protocolo de seguridad y no compartiéramos información personal con extraños, incluido comentarle los horarios del día a Immanuel. No fue una charla muy amistosa, más bien parental, protectora… así que Julia y yo nos alegramos cuando por fin volvimos del Consulado hacia la Oficina Comercial. Por lo menos nos llevábamos sabios consejos que poner en práctica. (Aún tengo pendiente preguntarle qué se debe hacer cuando aplastan su nariz ante la ventanilla tintada del coche tras la que te encuentras para identificar el Ojibo que va dentro).

Aquí los días parecen semanas y aún estamos en proceso de adaptación de esta realidad paralela a todo lo que un día pudimos conocer y que ahora queda tan lejos y borroso. Nos da la sensación de estar en una vida surrealista de la que todavía no somos conscientes y, pese a ello, estamos contentas de estar aquí. Es inexplicable la magia de este sitio y cuánto nos atrae cada pequeño detalle que pasa a nuestro alrededor. En cada trayecto en coche abrimos los ojos como platos por cada calle que aparece ante nuestra vista. Intentamos no dejar escapar ni un ápice de la curiosidad que nos atrapa cada vez que observamos a los viandantes con sus característicos atuendos.

Muchas veces nos sentimos observadas y aprendemos día a día a mantener la mirada firme, al frente. Otras muchas, nos escondemos tras nuestra burbuja desde la cual podemos observarles nosotros a ellos y mañana, por fin, saldremos al mar a nadar con los tiburones: las empresas nigerianas.

Sí, Julia y yo somos peces de océano como ella dice, pero esta vez estamos nadando en nuestra propia, única y caótica ciudad: Lagos -esa gran desconocida para el resto de la humanidad- y, de momento, nos encanta.