Hacía ya una semana que habíamos aterrizado en la ciudad. Immanuel seguía perdiéndose con las nuevas direcciones a las que le mandábamos ir, así que los trayectos en coche eran toda una odisea. Sabíamos desde dónde salíamos pero nunca dónde íbamos a llegar.
En uno de nuestros días libres Julia y yo decidimos visitar el Mercado de Lekki, famoso en la ciudad por su artesanía y sus piezas únicas de marfil. Julia le dio la dirección a la que nos dirigíamos a Immanuel mientras charlábamos animadamente. Él, dudoso, arrancó el coche y de reojo me pareció que no tenía ni idea de cómo iba a llegar hasta allí. Mis sospechas se confirmaron cuando en medio de un sol justiciero y con 30 minutos de trayecto a nuestras espaldas paró en un mercado callejero local.
“This is not the place”– dije alterada ante la insistencia de Immanuel – Aquí no es, Julia, pero bueno, bajemos, vamos a ver qué hay por aquí.
Los latidos nos iban a mil por hora mientras nos adentrábamos ante los pasillos estrechos y malolientes del mercado. A cada paso que dábamos más me acordaba del Callejón Diagón. Algunos puestos mostraban pescados enrollados y deshidratados ante los que se posaban mil batallones de moscas, frutas tropicales colgaban de otros e incluso se podían ver productos occidentales a lo lejos. Los locales nos miraban al pasar con extrañeza y hasta creí ver de refilón a uno de ellos que nos escoltaba. El olor putrefacto de insalubridad pudo conmigo un instante y aceleré el paso sin perder de vista a Julia. Cinco minutos después salíamos al encuentro de Immanuel que nos llamaba informándonos de lo que ya sabíamos: ese no era el mercado de Lekki y le habían dado nuevas instrucciones para llegar hasta allí.
Por supuesto, cuando por fin llegamos al verdadero Lekki Market el lugar no nos defraudó.
Tras nuestra aventura, las primeras semanas estaban siendo muy interesantes, así que cuando Duhalde, un chef chileno afincado en Lagos, nos propuso un día en la playa no nos lo pensamos demasiado. Ese domingo nos deleitamos pasando una jornada relajante en la playa de Tarkwa. Todo parecía apuntar a un día cualquiera, tranquilo y sin sorpresas…
¡Error! En Nigeria no había días cualquiera, lo menos pensado podía pasarte de un segundo a otro, sólo tenías que esperar al momento del día en el que menos te lo esperaras y zas! Ahí lo tenías… La inexplicabilidad de lo extraño: ¿A qué huelen las nubes? ¿Qué criado contratado con una mirada lleva los bártulos? ¿Y por qué un hombre en la playa saca cobras de su túnica?
De repente, el momento que pensaba más surrealista del día se vio interrumpido por una frase cuanto menos común y ordinaria, como si el encantador de serpientes no fuera cosa de un día:
¿Qué hacéis el sábado que viene?
Tanta planificación mereció desviar la mirada para ver de qué se trataba la hazaña. Debía de ser algo sorprendente si el club de expatriados estaba organizando un evento sólo para celebrarlo. Así que miré a Juan Pablo, el encargado de visados del consulado, prestándole toda la atención que un domingo a las 12 me permitía el cuerpo.
El otro día con los italianos pescamos una pieza de más de 14 kg y estamos organizando un banquete dónde Duhalde.- dijo con orgullo.
Sonreí. Menos mal que estaba sentada y que tras una semana me había acostumbrado a las rarezas de la vida en Lagos. Gran hazaña, sí señor, y acto seguido no pude dejar de pensar en esa gran película de Tim Burton. Y es que hay peces que parece que no se dejan pescar en ningún sitio, excepto aquí.
Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de la extraña familia que se había formado en cuestión de unas llamadas telefónicas. Nosotras, la nueva adquisición del grupo, nos sentíamos aturdidas ante la acogida de lo que parecía un manual de personajes novelescos. Cada uno con su nacionalidad, personalidad y desparpajo propios. Grandes amigos y mejores personas.
Como recién llegadas nos sentíamos felices, como uno más y aunque pesaba la alegría y el jolgorio también nos inundaba un sentimiento abrumador difícil de explicar. Como si las rarezas del lugar no nos pertenecieran a pesar de estar ya irremediablemente formando parte de ellas.
Como recién llegadas nos sentíamos felices, como uno más y aunque pesaba la alegría y el jolgorio también nos inundaba un sentimiento abrumador difícil de explicar. Como si las rarezas del lugar no nos pertenecieran a pesar de estar ya irremediablemente formando parte de ellas.
En esa extraña familia Nigeria era un hogar lleno de contrastes como cualquier país en vías de desarrollo que se preciara. Convivían rascacielos y edificios de diseño con calles sin asfaltar y casas derruidas. La sabana del mítico Rey León había dado lugar a la jungla urbana y la modernidad era bien acogida por la población sin recursos.
Eso mismo debía de haber pensado la adinerada mente brillante que aprobó el proyecto de Eco Atlantic, un plagio de la isla artificial construida ya en Dubái. Sólo llevábamos unas semanas instaladas, pero con lo poco que conocíamos nos daba para saber que los nigerianos ni construyen solos ni inventan nada, así que Julia tenía sus dudas.
Oye, pues igual sale bien esto eh? Porque veo que en el proyecto no hay ningún nigeriano…
Otra frase sorprendente que me hizo troncharme de risa. Y es que era cierto, en Nigeria la única eficiencia que se respiraba era la extranjera. Cuando cerraba los ojos y me empeñaba en recordar fotograma tras fotograma las imágenes del recorrido diario en coche lo único que veía eran nigerianos sentados sin orden ni concierto en cualquier rincón en el que diera un poco de sombra. Aunque no podía observarles durante todo el día me jugaba mi peso en Nairas a que si pasaba por ahí cada 5 minutos hubieran seguido en la misma posición cual figurita de Lladró reluciente en el escaparate.
Por otra parte, teníamos además el placer o la maldición -depende del límite de nuestra dosis de paciencia- de trabajar temporalmente mano a mano, codo con codo y grito con grito con nuestros compañeros los improvisados consultores nigerianos. Subcontratados no sabíamos si más bien como experimento o como nuestra prueba mensual de superación personal. Con ellos descubrimos que el espíritu nigeriano equivalía al caribeño multiplicado por infinito: “Yes Madam”.
Julia era más fuerte que yo. Ella siempre respiraba antes y contaba hasta 10. Era mi premio anual, mi jackpot en ese año de despropósitos. En los mejores momentos compartíamos los instantes Big Fish con miradas cómplices que sólo nosotras sabíamos leer y, en los peores… bueno, esos todavía no habían llegado.
“This is Naija”, nos repetíamos. Era algo que la magia de nuestra llegada nos había impedido captar. Era el halo de misterio que se iba disipando y poco a poco nos dejaba ver la realidad de un país desnudo. Un país que cada día hacía crecer nuestro desconcierto hasta límites insospechados.
Lo fascinante de los icebergs es que sólo ves el 10%, el otro 90% está bajo el agua y no lo ves. Y contigo Nigeria pasa lo mismo, sólo veo un trocito que sobresale por encima del agua.




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