A la deriva…
La lluvia caía sobre el cristal del coche. Avanzábamos lento bajo esa tormenta eterna mientras yo me mantenía absorta en mis pensamientos. La carcajada de Taewo me sacó por un segundo de mi nube y dirigí mi atención al programa de radio que escuchaba el driver. ¿Qué comentario habría sonado para que el serio y taciturno Taewo esbozara una sonrisa? No las tenía todas conmigo pero la última vez que había prestado atención unas mujeres comentaban algo sobre sexualidad femenina.
Sexualidad femenina en Nigeria… me sorprendió aquel topic tan poco común para ser hablado en público en una sociedad como aquella y, aun así, no logró captar mi atención. Mi cabeza sólo volvía una y otra vez a nuestras vacaciones en Ghana. ¿Cómo era posible que ya irrumpiéramos en temporada de lluvias si los recuerdos de esos días visitando playas y castillos aún continuaban tan vivos en mi cabeza?
Dos horas después llegábamos al Trade Fair Complex y tocaba empezar a trabajar. Esta misión comercial no era una de mis favoritas pero por lo menos me invitaba a vivir una aventura en terreno hostil. Lluvia, barro y Taewo sujetándome el paraguas y escoltándome por los angostos pasillos del recinto. Me sentía más que nunca en la época colonial, aunque más que una selva era un parque empresarial nigeriano. Cada uno de los puestos se organizaba por zonas con los diferentes sectores comerciales. Esta vez tocaba los accesorios de automóvil, así que me dispuse a buscar el bloque de mi primera visita. Un guía espontáneo me ayudó entre tanto caos como Cicerone caído del cielo.
Durante mi visita los locales me saludaban como Ojibo a la vez que su mirada de extrañeza se posaba en mí. Pocas mujeres blancas visitaban esa zona, eso seguro. Tras diez minutos en terreno hostil ya me sentía como pez en el agua entre how fa’s, madam’s, y…
-Ahhh, you have an sponsor!
– un joven se dirigió a mí de pasada mientras miraba de refilón a Taewo, el
driver oficial de la oficina.
En ese momento me di cuenta de que el maldito local estaba
dando por hecho que un nigeriano de 60 años era mi amante. Tras desafiarle con
mi mirada pensé que Nigeria nunca dejaría de sorprenderme en los momentos menos
pensados.
Fue un día duro de trabajo pero me sentía como si nada en el
mundo pudiera ser más fuerte que yo en ese momento. Me gustaba esa sensación
fruto de la adrenalina del día.Cuatro horas de reuniones después, de regreso al coche, volví a meterme en mi burbuja mental. Tenía que grabar bien en mi memoria ese día, hacía tiempo que no escribía ni una palabra…
Supongo que en algún momento la ciudad me absorbió y dejé de escribir para vivir lo que escribía. Dejé de compartir momentos para guardarlos para mi sola. Sí, esos momentos eran sólo míos y no estaba dispuesta a compartirlos con nadie. Éramos la ciudad y yo y nada ni nadie podía cambiarlo hasta diciembre.
No entendí muy bien la explicación a lo que me pasaba hasta el día en que me vi inmersa en una conversación de expats rodeada de europeos nórdicos afincados en Lagos. Conversaba sin mucha emoción sobre la famosa pregunta de expatriados que acaban de conocerse: ¿Te gusta la ciudad? ¿Estás contenta aquí? Tenía siempre preparada mi respuesta automática y nunca la pensaba demasiado por si era una trampa.
-Sí, me encanta. Estoy muy
contenta.
Muchos solían sorprenderse ante tan rápida y positiva
respuesta, pero esta vez no fue así. El chico seguía escuchando sin ninguna
mirada extraña, así que me sentí libre para intentar explicarme mejor.
-No sé qué tiene esta
ciudad pero me atrapó desde el primer momento. Todo es tan diferente que
cualquier detalle capta mi atención. Muchas veces parece cosa de magia. Podría
pasarme horas observando lo que me rodea y nunca me cansaría.
-Mmm ya veo – musitó mirándome
con una mirada extraña – así que tienes el gen expat.
¿El gen expat? No
sabía de qué me hablaba, pero parecía estar bastante convencido de su
diagnóstico.
-Sí, el gen expat. Has llegado a un lugar nuevo y a
pesar de su naturaleza hostil te has
enamorado. Es el síndrome de Estocolmo africano. Has encontrado tu sitio especial,
aunque no pertenezcas a él.
Así que era eso lo que me pasaba… tenía “el gen”. No sabía
si era bueno o malo pero había nacido con él y ya no tenía remedio. Quién iba a
decirme hacía 5 meses que la teoría de los peces de océano sería sólo el
principio… aunque supongo que desde bien pequeña algo dentro de mí siempre lo
había sabido. La aventura era lo mío, sólo que en algún momento la abandoné sin
darme cuenta.
Lo bueno que tenían las reuniones de expatriados es que
alguien siempre le daba una segunda vuelta a todo. Y la teoría del nórdico no
había hecho nada más que empezar. Otro europeo se unió interesado presumiendo
de sus dos semanas de estancia y lo bien que le estaban sentando.
- Siempre que llego a una
nueva ciudad todo es nuevo. Es una sensación impagable. Todo está por
descubrir.- Otro que tenía el gen, pensé.- Y, sin embargo, cuando llego a casa
todo sigue igual que siempre por mucho tiempo que me haya ausentado. Mis amigos
siguen con su vida, la familia sigue en el mismo sitio y parece que nada haya
cambiado. Y luego vuelvo a mi destino y todo vuelve a parecer mágico.
-Hablas como si Lagos fuera
Matrix- bromeé
-¿Cómo dices? – preguntó admirado.
-Sí. Lo que quiero decir es
que parece que vivamos en dos mundos paralelos. El mundo real, la vida normal
en casa donde todo sigue igual y Matrix, Lagos, dónde elegimos volver.
Mi broma dejó a los nórdicos despistados, así que aproveché
para ausentarme con la excusa de rellenar mi copa de vino vacía, pero nunca
llegué a quitarme esa sensación de Matrix que Lagos me provocaba.
Al final todo ese caos de vidas paralelas hacía que nos
planteáramos dónde estábamos realmente. ¿Cuál era la realidad y cuál el sueño?
Demasiadas preguntas para las que no tenía respuesta. A pesar de todo, esperaba
que el punto final de este viaje me ayudara con ellas, y aunque ya teníamos
cerrada la fecha de vuelta me sentía flotando en el sueño más profundo que
jamás había vivido.
Últimamente, con el inicio de las lluvias habíamos cambiado
nuestro paraíso de sol y piscina por nuevas actividades. Todo volvía a ser
nuevo. Habíamos coqueteado con la pesca, el tenis había vuelto a mi vida y
Julia se volvía loca bailando Zumba a ritmos africanos. Y, sin embargo, había
cosas que nunca cambiarían.
Ahora más que nunca quería dejar de pensar y empezar a vivir
sin importar lo que pasaría mañana. Ciegamente confiaba en que más adelante, en
el momento en el que la realidad me despertara, tendría la respuesta.







