miércoles, 31 de julio de 2019

Ebola Memories - Back in 2014

Memorias del Ébola
On 6 August 2014, the Nigerian health minister told reporters, "Yesterday the first known Nigerian to die of Ebola was recorded. This was one of the nurses that attended to the Liberian. The other five newly confirmed cases are being treated at an isolation ward."The doctor who treated Sawyer, Ameyo Adadevoh, subsequently also died of Ebola.

On 22 September 2014, the Nigeria health ministry announced, "As of today, there is no case of Ebola in Nigeria. All listed contacts who were under surveillance have been followed up for 21days." According to the WHO, 20 cases and 8 deaths had been confirmed, along with the imported case, who also died. Four of the dead were healthcare workers who had cared for Sawyer. In all, 529 contacts had been followed and of that date they had all completed a 21-day mandatory period of surveillance. (Source: Wikipedia)

Lagos, Agosto de 2014

El coche se acercaba a la primera entrada del complejo y ya notaba que mi corazón iba acelerando el pulso como si empezara un ritual de vuelta a casa. Tras pasar la segunda entrada hacia mi bloque y llegar a la puerta del edificio D5 me faltó tiempo para brincar fuera del coche oficial y saludar a nuestro nuevo chófer que esperaba en la puerta.
Tras dos semanas de vacaciones en España, el periodo de ajuste al primer mundo no me había dado un respiro para dejar de pensar en nuestro hogar nigeriano y echarlo de menos. Muchas cosas habían pasado desde que me fui y las incesantes noticias en España sobre el Ébola auguraban un pánico y una preocupación que me hacía temer que nuestros días en Lagos estaban contados. Si las noticias desesperadas de España que oía eran ciertas necesitaba volver para despedirme y nada podía cambiar mi decisión, tenía que verlo por mí misma.
Mientras Taewo bajaba mi equipaje del maletero me había quedado delante del nuevo y pizpireta conductor que Julia había contratado después de irme. La situación era rara, ya que en cualquier otro momento le hubiera dado la mano para agradecerle la bienvenida. Sin embargo, ahora en Lagos ya no se daba la mano a la gente, así que me limité a saludar con un breve movimiento de cabeza y una tímida sonrisa, evitando así el contacto físico.
Mi cabeza estaba saturada de noticias alarmantes desde España. No sabía lo que me iba a encontrar y venir influida por el primer mundo, el pánico a lo desconocido y la ignorancia que ello conlleva no ayudaba en absoluto. 
La llave de la puerta dió el último giro al picaporte y al entrar la luz del amanecer me hizo apartar la mirada. Las vistas a la laguna lograron sacarme mi ensimismamiento temerario y sentir una alegría sin precedentes. Cuántas veces había visto el amanecer desde ese inmenso ventanal y cuánto lo había echado de menos. Pensar que cabía la posibilidad de que esos días terminaran me hacía disfrutar ese momento como si pudiera ser el último.  La ciudad me dedicaba uno de sus mejores amaneceres mientras los rayos de sol entraban por el salón para darme la bienvenida. Parecía una visión que me ayudaba a recordar que los últimos meses no habían sido un sueño. Había sido inmensamente feliz y la ciudad me lo mostraba de nuevo.
En esos primeros días mi cabeza daba vueltas con toda la información que llegaba, incluidas teorías conspiratorias. Pasados esos días llegó Julia con nuevas energías para restablecer nuestro tándem perfecto. Con la información de primera mano nos dimos cuenta de que sólo cuándo estas dentro de algo sabes realmente lo que está sucediendo. Es entonces cuando el pánico del primer mundo con el que habías venido te parece excesivo y producto de un miedo irracional al que no estábamos acostumbradas y queríamos abandonar cuanto antes.
Recibíamos comentarios de todo tipo, por preocupación, curiosidad o simple cotilleo. Intentábamos explicar que el riesgo todavía no era inminente, que estábamos bien y tranquilas por fin… pero algunas veces la gente sólo quería escuchar lo que quería escuchar.
Así que ahora dejábamos que en la distancia se nos tachara de valientes inmerecidamente o que pensaran que nos faltaba riego sanguíneo en el cerebro y que la locura nos había invadido. Dejar pensar eso a la gente era más divertido que explicar que hasta que no haya descontrol real no podíamos dejar que el miedo nos paralizara. Que éramos realistas, objetivas y racionales y que ante el menor riesgo volveríamos a casa. Pensar lo contrario de nosotras resultaría insultante.
Habíamos decidido disfrutar nuestros últimos meses con más ganas que nunca y más fuertes que nunca. Porque hay veces en la vida en la que hay que saber elegir tus batallas. Ésta, desde luego, no era la nuestra. No éramos valientes, sólo dejábamos que el pánico no dominara nuestras vidas. 
Teníamos la suerte de que nos recordaran que cualquier día podía ser el último, y cuando eso pasa, no hay que arrepentirse de haber vivido el ayer como si no hubiera un mañana. Fuera como fuere, no estaba en nuestras manos, nunca lo estuvo. Simplemente decidimos que si el fin del mundo llegaba éste nos pillara bailando...

lunes, 26 de enero de 2015

The end, my end...


THE END, MY END…
 
Ellipsis: "an intentional omission of a word, sentence, or whole section from a text without altering its original meaning… an unfinished thought, a slight pause, a nervous or awkward silence…"
 
Nunca me gustaron las despedidas… lo hacen todo más triste. Me hacen pensar que es el final y definitivamente no me gustan los finales. 
Siempre huyo del THE END en las películas, de ese punto y final que no te deja imaginar cómo seguiría la frase...  
Por eso adoro la gente que se arriesga a terminar mis frases sin que haya acabado de hablar, aunque me vuelvan loca, porque logran completar mis puntos seguidos...
No es fácil encontrar a gente así y cuando lo haces debería estar prohibido decirles adiós.
Yo soy más de CONTINUARÁ y de puntos suspensivos. De esa forma puedo volver cuando quiera, puedo imaginar que esos momentos nunca fueron los últimos. Puedo irme cuando todavía hay algo. Así, puedo imaginar 1000 maneras diferentes de cómo continúa la historia.
Yo no me quedo al final, porque el final siempre decepciona, es como los PEROS. Por eso no suelo decir adiós, yo soy más de bombas de humo.
Las bombas de humo molan. Siempre te dejan con el “¿y qué hubiera pasado si me hubiera quedado?”. Tienen el encanto de dejar con ganas de más y, además, nunca decepcionan.
Así que no, no voy a decir adiós. Voy a huir haciendo honor a mis tradiciones. Huiré por la puerta de atrás como los cobardes, sin que nadie lo note. Me quedaré con el recuerdo de la última mirada, de la última copa, del último baile… cuando aún no sabíamos que sería el último, cuándo sólo disfrutábamos del ahora.
Porque decir adiós es triste. Despedirse es para los valientes que aceptan los finales. Y yo, bueno, nunca fui una de esas…


 
I’ve never liked goodbyes… they do it all sadder. They make me think “this is it, this is the end” and definitely I don’t like that.
I always want to run away before “THE END" in the movies, run away from the full stop that does not allow you to imagine how the sentence would have continued...
But I do love people that risk completing my sentences when I have not even finished speaking, even if it drives me crazy. They manage to complete my ellipsis…
These persons are not easy to find and when you do to say goodbye should be forbidden.

I am more a “TO BE CONTINUED” and “ELLIPSIS” person. Like that I can return to it anytime and imagine that those moments weren’t the last ones.  I can leave when there's still something so I can imagine 1000 different ways to follow a story.
I don’t stay at the end, because the end always disappoints you, like the word “BUT”.  For that reason I don’t usually say goodbye, I just disappear with a smoke bomb.

Disappearing in a smoke bomb is cool. It will always leave you thinking “what would it happen if I would stay longer”. They have the charming effect of leaving you wanting more. And also, they never disappoint you.
So no, I am not going to say goodbye. I will flee honoring my own traditions. I will run away through the back door, like the cowards, without anybody noticing it. I will keep the memory of the last look, the last drink, the last dance… when we didn’t know it would be the last one, when we were just enjoying the moment…

Because is sad to say goodbye.  Farewells are for the brave people that accept endings. And me, well, I have never been one of those…

 

martes, 3 de junio de 2014

A la deriva...


 
A la deriva…
 
 
"Habrá que inventarse una salida... hay esperanza en la deriva."

La lluvia caía sobre el cristal del coche. Avanzábamos lento bajo esa tormenta eterna mientras yo me mantenía absorta en mis pensamientos. La carcajada de Taewo me sacó por un segundo de mi nube y dirigí mi atención al programa de radio que escuchaba el driver. ¿Qué comentario habría sonado para que el serio y taciturno Taewo esbozara una sonrisa? No las tenía todas conmigo pero la última vez que había prestado atención unas mujeres comentaban algo sobre sexualidad femenina.
Sexualidad femenina en Nigeria… me sorprendió aquel topic tan poco común para ser hablado en público en una sociedad como aquella y, aun así, no logró captar mi atención. Mi cabeza sólo volvía una y otra vez a nuestras vacaciones en Ghana. ¿Cómo era posible que ya irrumpiéramos en temporada de lluvias si los recuerdos de esos días visitando playas y castillos aún continuaban tan vivos en mi cabeza?

Dos horas después llegábamos al Trade Fair Complex y tocaba empezar a trabajar. Esta misión comercial no era una de mis favoritas pero por lo menos me invitaba a vivir una aventura en terreno hostil. Lluvia, barro y Taewo sujetándome el paraguas y escoltándome por los angostos pasillos del recinto. Me sentía más que nunca en la época colonial, aunque más que una selva era un parque empresarial nigeriano. Cada uno de los puestos se organizaba por zonas con los diferentes sectores comerciales. Esta vez tocaba los accesorios de automóvil, así que me dispuse a buscar el bloque de mi primera visita. Un guía espontáneo me ayudó entre tanto caos como Cicerone caído del cielo.

Durante mi visita los locales me saludaban como Ojibo a la vez que su mirada de extrañeza se posaba en mí. Pocas mujeres blancas visitaban esa zona, eso seguro. Tras diez minutos en terreno hostil ya me sentía como pez en el agua entre how fa’s, madam’s, y…

-Ahhh, you have an sponsor! – un joven se dirigió a mí de pasada mientras miraba de refilón a Taewo, el driver oficial de la oficina.

En ese momento me di cuenta de que el maldito local estaba dando por hecho que un nigeriano de 60 años era mi amante. Tras desafiarle con mi mirada pensé que Nigeria nunca dejaría de sorprenderme en los momentos menos pensados.
Fue un día duro de trabajo pero me sentía como si nada en el mundo pudiera ser más fuerte que yo en ese momento. Me gustaba esa sensación fruto de la adrenalina del día.

Cuatro horas de reuniones después, de regreso al coche, volví a meterme en mi burbuja mental. Tenía que grabar bien en mi memoria ese día, hacía tiempo que no escribía ni una palabra…

Supongo que en algún momento la ciudad me absorbió y dejé de escribir para vivir lo que escribía. Dejé de compartir momentos para guardarlos para mi sola. Sí, esos momentos eran sólo míos y no estaba dispuesta a compartirlos con nadie. Éramos la ciudad y yo y nada ni nadie podía cambiarlo hasta diciembre.

No entendí muy bien la explicación a lo que me pasaba hasta el día en que me vi inmersa en una conversación de expats rodeada de europeos nórdicos afincados en Lagos. Conversaba sin mucha emoción sobre la famosa pregunta de expatriados que acaban de conocerse: ¿Te gusta la ciudad? ¿Estás contenta aquí? Tenía siempre preparada mi respuesta automática y nunca la pensaba demasiado por si era una trampa.

-Sí, me encanta. Estoy muy contenta.
Muchos solían sorprenderse ante tan rápida y positiva respuesta, pero esta vez no fue así. El chico seguía escuchando sin ninguna mirada extraña, así que me sentí libre para intentar explicarme mejor.

-No sé qué tiene esta ciudad pero me atrapó desde el primer momento. Todo es tan diferente que cualquier detalle capta mi atención. Muchas veces parece cosa de magia. Podría pasarme horas observando lo que me rodea y nunca me cansaría.
-Mmm ya veo – musitó mirándome con una mirada extraña – así que tienes el gen expat.

¿El gen expat? No sabía de qué me hablaba, pero parecía estar bastante convencido de su diagnóstico.

-Sí, el gen expat. Has llegado a un lugar nuevo y a pesar de su naturaleza hostil  te has enamorado. Es el síndrome de Estocolmo africano. Has encontrado tu sitio especial, aunque no pertenezcas a él.

Así que era eso lo que me pasaba… tenía “el gen”. No sabía si era bueno o malo pero había nacido con él y ya no tenía remedio. Quién iba a decirme hacía 5 meses que la teoría de los peces de océano sería sólo el principio… aunque supongo que desde bien pequeña algo dentro de mí siempre lo había sabido. La aventura era lo mío, sólo que en algún momento la abandoné sin darme cuenta.
Lo bueno que tenían las reuniones de expatriados es que alguien siempre le daba una segunda vuelta a todo. Y la teoría del nórdico no había hecho nada más que empezar. Otro europeo se unió interesado presumiendo de sus dos semanas de estancia y lo bien que le estaban sentando.

- Siempre que llego a una nueva ciudad todo es nuevo. Es una sensación impagable. Todo está por descubrir.- Otro que tenía el gen, pensé.- Y, sin embargo, cuando llego a casa todo sigue igual que siempre por mucho tiempo que me haya ausentado. Mis amigos siguen con su vida, la familia sigue en el mismo sitio y parece que nada haya cambiado. Y luego vuelvo a mi destino y todo vuelve a parecer mágico.
-Hablas como si Lagos fuera Matrix- bromeé
-¿Cómo dices? – preguntó admirado.
-Sí. Lo que quiero decir es que parece que vivamos en dos mundos paralelos. El mundo real, la vida normal en casa donde todo sigue igual y Matrix, Lagos, dónde elegimos volver.

Mi broma dejó a los nórdicos despistados, así que aproveché para ausentarme con la excusa de rellenar mi copa de vino vacía, pero nunca llegué a quitarme esa sensación de Matrix que Lagos me provocaba.
Al final todo ese caos de vidas paralelas hacía que nos planteáramos dónde estábamos realmente. ¿Cuál era la realidad y cuál el sueño? Demasiadas preguntas para las que no tenía respuesta. A pesar de todo, esperaba que el punto final de este viaje me ayudara con ellas, y aunque ya teníamos cerrada la fecha de vuelta me sentía flotando en el sueño más profundo que jamás había vivido.

Últimamente, con el inicio de las lluvias habíamos cambiado nuestro paraíso de sol y piscina por nuevas actividades. Todo volvía a ser nuevo. Habíamos coqueteado con la pesca, el tenis había vuelto a mi vida y Julia se volvía loca bailando Zumba a ritmos africanos. Y, sin embargo, había cosas que nunca cambiarían.
Ahora más que nunca quería dejar de pensar y empezar a vivir sin importar lo que pasaría mañana. Ciegamente confiaba en que más adelante, en el momento en el que la realidad me despertara, tendría la respuesta.

martes, 25 de marzo de 2014

Los peces dorados también bailan

Los peces dorados
también bailan…

Habíamos irrumpido en Nigeria blancas color “invierno español”. Tras dos meses y mucho sol ya brillábamos como peces dorados orgullosos aleteando sus nuevas escamas al nacer. Los locales nos llamaban Ojibo pero no sabían que ya estábamos mutando la piel y se comenzaba a atisbar cierto peligro en nuestra mirada.
Si fuéramos peces en Nigeria seríamos pequeños y bailongos Goldfish. Vivíamos en nuestra pecera, aunque de vez en cuando salíamos al océano en busca de piratas, capitanes y barcos hundidos. Convertíamos la adrenalina en carcajadas y así éramos felices, nadando y bailando al ritmo africano.
Julia creía que en otra vida fue africana pero lo que no sabía era que el problema era que nos habíamos convertido en Peces dorados y el ritmo Afrobeat nos había conquistado cual sirena cantando a un marinero.
Dicen que ser feliz es la sucesión de muchos pequeños momentos felices. Julia y yo teníamos una colección a nuestras espaldas y aunque África tenía sus efectos secundarios estábamos rendidas a sus pies.
-Quiero un post de Afrobeat, y tiene que ser esta noche.
The African Princess se estaba poniendo seria y tenía razón. Su ceño me amenazaba firmemente y sin piedad. La verdad, me resultaba complicado seguir evitando escribir sobre ello. ¿Cómo describir música con palabras? Incluso yo me sentía incapaz… Lo único que sabía era que la música corría a mi alrededor y yo sólo podía rendirme ante ella. Ese ritmo movía cada minúscula parte de mi cuerpo y no importaba el resto del universo porque mientras sonara la música todo iría bien.
Si lo pensabas era de locos el poder que esa música tenía sobre nosotras. Las últimas semanas habíamos descubierto uno de los sitios que con el tiempo se convertiría en uno de nuestros favoritos. Lo tenía todo: historia, cultura, aire libre, diversión y música. Era el príncipe azul musical: Freedom Park, una antigüa cárcel reconvertida en terraza de verano española, museo, y anfiteatro para conciertos.
La mezcla de culturas en Freedom Park era evidente, pero cuando sonaba el ritmo afrobeat todos éramos iguales, sin importar el color de la piel. Por unos minutos al mes, los viernes por la noche la ciudad de Lagos saltaba al mismo ritmo… el ritmo de Freedom Park.
 
A veces era demasiado para nosotras y no siempre podíamos seguir bailando al ritmo nigeriano. Nuestra cultura tiraba fuerte de nosotras, nuestros valores tenían heridas de guerra, pero seguían siendo parte de nosotras y a veces por dentro sentíamos esa lucha. La mayor parte de la batalla de culturas era como subir a los autos de choque, cada golpe era una risa asegurada.
Uno de esos golpes tuvo lugar en la piscina del Federal a la que no solíamos fallar ni una tarde después del trabajo. Nuestro lugar de desconexión… pero ese día nos saltamos las normas y madrugamos un sábado para aprovechar el día antes de empezar la fiesta.
Tras observar por unos segundos a otra de esas parejas muy comunes en Nigeria (chica joven local y señor mayor blanco) seguimos nuestra conversación de sábado analizando por octava vez los acontecimientos de la noche anterior. Todo parecía ir como un día cualquiera, pero como siempre la ciudad nos volvía a sorprender y cuando me zambullí en el agua harta de los rayos del sol la chica local se acercó buscando mi amistad… y tuvimos nuestro primer choque-carcajada del día. Nunca el ofrecimiento de un trío pudo ocasionar tanta risa e incredulidad como cuando volví junto a Julia y le conté el ofrecimiento.
-Hi! How are you? Do you mind if we are Friends? Are you into girls?
-Mmmm no, sorry
-Oh, so you are hetero. Are you sure you don’t want to try it?
Mi cabeza sabía lo que estaba pasando pero mi cuerpo no podía salir de allí, me sentía atrapada en la piscina con la única salida bloqueada. O salía nadando o hacía como que me pasaba todos los días y la rechazaba educadamente. La segunda opción me pareció más digna, así que tras los 7 minutos más incómodos de mi vida nos pasaríamos las siguientes 24 horas recordando ese momento de locura.
Esa no sería la última vez que una local se acercaría a nosotras, pero como todas las primeras veces merecía su momento especial.
 
Lo que más me gustaba de Julia era la habilidad que tenía para sorprenderme con sus historias. Tenía una pulsera diferente para recordar cada uno de los momentos que no quería olvidar. Me encantaba la idea, pero todos esos momentos se iban acumulando en  mi cabeza. La visita al mercado de Yaba, nuestra primera compra de telas y cómo pagamos más del triple de lo que valían,  nuestro primer viaje juntas a Mainland y el primero separadas, las noches de fiesta, la playa de Eleko un miércoles de San José en Nigeria y los momentos de inmensa felicidad de las últimas semanas.
-Si un día me pierdo en Nigeria, sabes dónde encontrarme – le dije a Julia con la cara iluminada tras pasar los primeros cinco minutos absorta mirando el paraíso que nos rodeaba.
 
Estábamos en África aunque a veces se nos olvidaba. El viento golpeaba mi cara y no podía quitar esa sonrisa extraña de felicidad.  
 

 
Pero hubo un día especial en que Nigeria me robó el corazón. Uno de esos días perfectos que sólo pasan una vez cada mucho tiempo. Uno de esos días mágicos que te encogen el alma.
Recorriendo la laguna llegamos a una zona tropical poco transitada. Las palmeras nacían en la orilla de la laguna y la maleza escondía secretos que no imaginábamos. Tras nadar a la orilla y atravesar el poblado indígena la playa se oteaba azul y radiante.
El sol brillaba con fuerza y los niños de la aldea nos seguían curiosos como si viviéramos una de esas aventuras a las que jugábamos de niños… Por un momento mi corazón se paró y me sentí cómoda en mi mundo perdido, en mi País de Nunca Jamás.
 
La vida me sorprendía cuando más lo necesitaba y sólo el miedo podía impedirme vivir cada momento como si fuera el último. Poco a poco lo estábamos consiguiendo, poco a poco conocíamos la ciudad como la palma de nuestra mano.
El color de nuestra piel cambiaba, nuestras escamas se hacían cada vez más doradas y cada vez bailábamos más rápido convirtiendo el choque de culturas en una mezcla intermedia como si ese hubiera sido su lugar natural... como si ese pudiera ser mi lugar favorito en el mundo pero nunca lo hubiera sabido.

lunes, 24 de febrero de 2014

Mi gran barrera de coral

MI GRAN BARRERA DE CORAL

Hoy Julia y yo tuvimos otra de nuestras conversaciones trascendentales. Bueno, hoy más bien Julia escuchaba y yo le hablaba en lo que pareció convertirse en un monólogo – lo siento African Princess, ya sé que querías que hablara de música africana, pero ésta sale del corazón =) y estoy segura que en esta ocasión me perdonarás. Sabes que aquí hay música por todas partes, pero la música más importante es la que se lleva dentro y tengo que decir que la tuya me encanta.
A pesar de que Julia y yo parecemos sacadas del mismo molde aún hay algo que nos diferencia: el hogar. Yo aprendí a alejarme de él, sin embargo Julia siempre lo tiene presente. Algunos dicen que hogar es donde el corazón habita, así que yo prefiero llevármelo siempre a todas partes…
El otro día en la playa nuestro amigo Fabio, un fan incondicional de la pesca, me habló sobre su gran pasión y me decía que cuándo me invitara un día a pescar no dejaría de pedirle que me volviera a llevar. Fue entonces cuando me acordé de ti…
Recordé como aun siendo niña Papá Noel te dejó esa enorme caña naranja en el balcón del hotel. No sé cómo puedo recordarlo todavía… quizá porque mi cabecita no podía imaginar para qué curiosa actividad necesitarías tal artilugio y cómo semejante personaje la había subido hasta allí. Me acordé de cuándo te acompañaba a pescar con mi muñeca y jugaba a tu lado mientras tú te tirabas horas y horas en silencio hasta que lograbas que alguno mordiera el anzuelo. Recordé cuando te empeñaste aquel día en que la mamá te cocinara esos pescaditos que tanto esfuerzo te habían costado… y recordé cómo desde pequeños dejamos de esperar a que pasara la tormenta y aprendimos a bailar bajo la lluvia.
¿Sabes? Nigeria te apasionaría. En todos lados hay edificios que necesitarían tu ayuda. Y cada vez que miro los materiales de construcción me acuerdo de ti y de tu poster de mármoles en la habitación. Siempre pensé que era injusto que el papá te enseñara a dibujar pirámides mientras que yo no conseguía ni una simple línea recta. Pero después de ver pirámides por todas las paredes del chalet acabé entendiendo que ese mundo era más tuyo que mío.
Nos enseñaron que una casa con buenos cimientos lo aguanta casi todo y así has construido tu vida… ladrillo a ladrillo. Yo, por el contrario, siempre fui más de tejados y de quedarme subida allí arriba un buen rato sólo para observarlo todo. Aunque siempre he sabido que te tenía ahí para apoyarme cuando me cayera.
Tú siempre has sido mi gran barrera de coral, me protegías de las olas aunque yo quisiera salir a por ellas, pero también me enseñaste que sin riesgo no había gloria... y aquí estoy. 

Hoy, con 33 años a tus espaldas quiero que sepas que aunque nunca te lo diga estoy muy orgullosa de ti y estoy segura de que mis sobrinas pensarán lo mismo de su papá dentro de unos años. Así que con tu permiso, aunque con retraso, este es mi regalo de cumpleaños: ¡Felicidades hermanito!
 

viernes, 14 de febrero de 2014

Especies Foráneas

ESPECIES FORÁNEAS

 
El tiempo pasaba en nuestro nuevo hogar. Mientras tanto, el universo nos sorprendía cada día con pequeños detalles que nos emocionaban: locales, artilugios, nuevos visitantes… Nuestra vida se había convertido en un torrente de adrenalina que nos hacía sentir más vivas que nunca. Sentíamos como si nada ni nadie nos pudiera bajar de esa nube de risas cómplices y bienestar africano en la que nos habíamos instalado, pero también sabíamos que en algún momento la caída sería inevitable.

No queríamos pensarlo demasiado. Pensar lo estropearía todo. Así que apostamos por vivir el momento, cada segundo era único. En cierta manera sólo íbamos a vivirlo una vez y queríamos disfrutarlo a toda costa.

Incluso Julia empezó a escribir conmigo… Escribir nos ayudaba a mantener la estabilidad emocional en esa pequeña burbuja en la que habitábamos. Con el tiempo nos dábamos cuenta de que todo el bagaje con el que habíamos llegado se iba ido aligerando poco a poco. Ya no éramos esas chicas con ideas fijas y convicciones claras. Nuestros principios y valores empezaban a tambalearse y en cierta manera eso nos asustaba. Todo flotaba en una línea borrosa que separaba el surrealismo de nuestra realidad y a veces ni siquiera distinguíamos ese límite.

Julia y yo éramos especies marinas foráneas y Nigeria empezaba a tener sus efectos sobre nosotras. Para bien o para mal el país nos estaba cambiando…

Recordé entonces un documental de National Geographic sobre especies acuáticas. ¿Éramos invasoras en un lugar al que no pertenecíamos?
- “Cuando una especie foránea llega a un nuevo lugar, pueden suceder varias cosas: puede encontrar inhóspito el nuevo hábitat y morir; puede sobrevivir con apenas impacto para el medio ambiente; o puede hacerse con el control y dañar de diversas maneras la vida salvaje que existe en el lugar de forma natural”.

Definitivamente la adaptación estaba en marcha. ¡Bien! Por lo menos no íbamos a morir… Sin tan siquiera darnos cuenta nos encontrábamos celebrando nuestro primer mes en Nigeria así que la primera opción estaba descartada.

La cuestión entonces se debatía entre sobrevivir con apenas impacto en la vida de Lagos o hacernos con el control. No sabía por qué pero veía el peligro tatuado en nuestra frente. Sólo llevábamos un mes viviendo, trabajando y respirando juntas, pero en tan poco tiempo me había dado cuenta de que Julia y yo éramos diferentes a todo lo que nos rodeaba. Sin embargo, tampoco nos veía capaces de darle la espalda a todo lo que creíamos ser.

La semana de nuestro mes-aniversario había sido diferente a las anteriores. Empezábamos a experimentar las consecuencias de adaptación al lugar y luchábamos por volver a ser nosotras mismas. Esa misma semana Julia quiso leerme algo que había escrito:


UN MES EN NIGERIA

Esta semana vamos a cumplir un mes desde que llegamos aquí el día 11 de enero. No me puedo creer que SÓLO haya pasado un mes porque todo ha sido tan intenso e inexplicable que parece mentira que llevemos tan solo 4 semanas. Cada día pasan cosas inesperadas y no te vas a la cama nunca sin al menos un par de momentos “wtf!” en el día.

 
El martes celebraremos nuestro aniversario como compañeras (¿de piso? ¿De trabajo? ¿De coche? ¿De confidencias? ¿De todo en general? ) y como pareja de hecho. Hemos reservado para semejante cita una botella de champagne nada más y nada menos que de Louis Rouderer (sí, de la competencia, nada d cava…. L Representamos la marca España pero se nos compra muy fácilmente…). Y antes de que alguno salte a la yugular sobre nuestro presupuesto y sobre si hemos tirado la casa por la ventana (¡¡que somos becarias!!), es un regalo que me hicieron en una empresa importadora que quedó muy satisfecha con una reunión que le organicé en la última misión comercial. Mi primera misión y me llevo ese champagne a casa, no me puedo quejar…

 
Siento que esta experiencia está siendo como una montaña rusa de sobresaltos: semana buenilla-semana malilla-semana buenísima-hoyo. … y etc. Aquí los momentos buenos son extraordinariamente buenos, y los malos, pues no los recordamos, right? Si queréis saber las cosas malas de Nigeria Mr. Google os las cuenta toditas. Si queréis saber cuáles son las cosas buenas, pues echad imaginación porque sólo se saben si se viene aquí.

 
Sentimientos encontrados: tierra hostil como la mejor manera de sacudir de arriba abajo cosas que pensabas que tenías tan claro en la vida. Tienes 28 años, crees que ya tienes tus ideas organizadas sobre la vida, tu cabecita amueblada, y tus criterios morales, ideológicos y convicciones varias totalmente determinadas. Ven a Nigeria y… ¡todo patas abajo!

 
Las cosas van mucho más allá que una mera cuestión de situaciones desfavorecidas económicamente. Hay muchas maneras de ser subdesarrollado. Te das cuenta de que ser europeo no es solo ser afortunado en cuanto a oportunidades económicas. Vivir en un país en el que no se respetan los derechos humanos, las libertades, donde la corrupción abarca todo lo imaginable y donde la legalidad siempre se mueve en terreno pantanoso puede ser una jodienda.

 
Es curioso como un país que a simple vista no parece tan irrespetuoso con las mujeres (no ves burkas, en ningún sitio te prohíben nada por el hecho de ser mujer, ves mujeres en casi todas las profesiones, etc.), es podridamente machista. Y solo te das cuenta cuando eres mujer y ves el desprecio continuo y la falta de respeto y de tomarte enserio, a pesar d ser una Ojibo joven, soltera y trabajadora (¿se pueden romper más esquemas por favor?). Y entonces te das cuenta de que en Europa tenemos unos “privilegios/derechos” que mucha gente está lejos de tener. Cosas que no se palpan, que se consiguieron hace mucho tiempo con mucho esfuerzo, que no te das cuenta que las tienes, que parecen cosas súper obvias, y que solo te das cuenta de lo que valen cuando no las tienes. Hola, ¿¡derechos y legalidad inexistentes en Nigeria!?

 
En fin, espero que todas las cosas que estoy viviendo no me sacudan demasiado la cabeza. Yo pensaba que vivir una experiencia así te podía hacer mejor persona. En Este momento de incertidumbres de valores que vivo tengo miedo de volver peor persona. ¿Qué pasa si sucede? No hago más que mirar a la gente que lleva más tiempo aquí y sinceramente, lo temo. Veo gente a la que Nigeria ha puesto su vida patas abajo continuamente, juzgándolos nuestros primeros días; y luego sintiendo vergüenza por haber juzgado cuando igual nosotras estamos haciéndolo incluso peor. ¿Qué pasa cuando no tienes claros tus principios? ¿Qué está bien y qué no?

 
Después de escuchar a Julia no podía estar más de acuerdo con ella y una única duda atormentaba mi cabeza ¿En qué tipo de especie marina foránea nos iba a convertir la ciudad?


















miércoles, 29 de enero de 2014

Big Fish

BIG FISH


Hacía ya una semana que habíamos aterrizado en la ciudad. Immanuel seguía perdiéndose con las nuevas direcciones a las que le mandábamos ir, así que los trayectos en coche eran toda una odisea. Sabíamos desde dónde salíamos pero nunca dónde íbamos a llegar.

En uno de nuestros días libres Julia y yo decidimos visitar el Mercado de Lekki, famoso en la ciudad por su artesanía y sus piezas únicas de marfil. Julia le dio la dirección a la que nos dirigíamos a Immanuel mientras charlábamos animadamente. Él, dudoso, arrancó el coche y de reojo me pareció que no tenía ni idea de cómo iba a llegar hasta allí. Mis sospechas se confirmaron cuando en medio de un sol justiciero y con 30 minutos de trayecto a nuestras espaldas paró en un mercado callejero local.

 “This is not the place”– dije alterada ante la insistencia de Immanuel – Aquí no es, Julia, pero bueno, bajemos, vamos a ver qué hay por aquí.

Los latidos nos iban a mil por hora mientras nos adentrábamos ante los pasillos estrechos y malolientes del mercado. A cada paso que dábamos más me acordaba del Callejón Diagón. Algunos puestos mostraban pescados enrollados y deshidratados ante los que se posaban mil batallones de moscas, frutas tropicales colgaban de otros e incluso se podían ver productos occidentales a lo lejos. Los locales nos miraban al pasar con extrañeza y hasta creí ver de refilón a uno de ellos que nos escoltaba. El olor putrefacto de insalubridad pudo conmigo un instante y aceleré el paso sin perder de vista a Julia. Cinco minutos después salíamos al encuentro de Immanuel que nos llamaba informándonos de lo que ya sabíamos: ese no era el mercado de Lekki y le habían dado nuevas instrucciones para llegar hasta allí.
Por supuesto, cuando por fin llegamos al verdadero Lekki Market el lugar no nos defraudó.

Tras nuestra aventura, las primeras semanas estaban siendo muy interesantes, así que cuando Duhalde, un chef chileno afincado en Lagos, nos propuso un día en la playa no nos lo  pensamos demasiado. Ese domingo nos deleitamos pasando una jornada relajante en la playa de Tarkwa. Todo parecía apuntar a un día cualquiera, tranquilo y sin sorpresas…

¡Error! En Nigeria no había días cualquiera, lo menos pensado podía pasarte de un segundo a otro, sólo tenías que esperar al momento del día en el que menos te lo esperaras y zas! Ahí lo tenías… La inexplicabilidad de lo extraño: ¿A qué huelen las  nubes? ¿Qué criado contratado con una mirada lleva los bártulos? ¿Y por qué un hombre en la playa saca cobras de su túnica?



De repente, el momento que pensaba más surrealista del día se vio interrumpido por una frase cuanto menos común y ordinaria, como si el encantador de serpientes no fuera cosa de un día:

¿Qué hacéis el sábado que viene?

Tanta planificación mereció desviar la mirada para ver de qué se trataba la hazaña. Debía de ser algo sorprendente si el club de expatriados estaba organizando un evento sólo para celebrarlo. Así que miré a Juan Pablo, el encargado de visados del consulado, prestándole toda la atención que un domingo a las 12 me permitía el cuerpo.

El otro día con los italianos pescamos una pieza de más de 14 kg y estamos organizando un banquete dónde Duhalde.- dijo con orgullo.

Sonreí. Menos mal que estaba sentada y que tras una semana me había acostumbrado a las rarezas de la vida en Lagos. Gran hazaña, sí señor, y acto seguido no pude dejar de pensar en esa gran película de Tim Burton. Y es que hay peces que parece que no se dejan pescar en ningún sitio, excepto aquí.

Fue en ese  momento cuando empecé a darme cuenta de la extraña familia que se había formado en cuestión de unas llamadas telefónicas. Nosotras, la nueva adquisición del grupo, nos sentíamos aturdidas ante la acogida de lo que parecía un manual de personajes novelescos. Cada uno con su nacionalidad, personalidad y desparpajo propios. Grandes amigos y mejores personas.

Como recién llegadas nos sentíamos felices, como uno más y aunque pesaba la alegría y el jolgorio también nos inundaba un sentimiento abrumador difícil de explicar. Como si las rarezas del lugar no nos pertenecieran a pesar de estar ya irremediablemente formando parte de ellas.


En esa extraña familia Nigeria era un hogar lleno de contrastes como cualquier país en vías de desarrollo que se preciara. Convivían rascacielos y edificios de diseño con calles sin asfaltar y casas derruidas. La sabana del mítico Rey León había dado lugar a la jungla urbana y la modernidad era bien acogida por la población sin recursos.

Eso mismo debía de haber pensado la adinerada mente brillante que aprobó el proyecto de Eco Atlantic, un plagio de la isla artificial construida ya en Dubái. Sólo llevábamos unas semanas instaladas, pero con lo poco que conocíamos nos daba para saber que los nigerianos ni construyen solos ni inventan nada, así que Julia tenía sus dudas.

Oye, pues igual sale bien esto eh? Porque veo que en el proyecto no hay ningún nigeriano…

Otra frase sorprendente que me hizo troncharme de risa. Y es que era cierto, en Nigeria la única eficiencia que se respiraba era la extranjera. Cuando cerraba los ojos y me empeñaba en recordar fotograma tras fotograma las imágenes del recorrido diario en coche lo único que veía eran nigerianos sentados sin orden ni concierto en cualquier rincón en el que diera un poco de sombra. Aunque no podía observarles durante todo el día me jugaba mi peso en Nairas a que si pasaba por ahí cada 5 minutos hubieran seguido en la misma posición cual figurita de Lladró reluciente en el escaparate.  

Por otra parte, teníamos además el placer o la maldición -depende del límite de nuestra dosis de paciencia- de trabajar temporalmente mano a mano, codo con codo y grito con grito con nuestros compañeros los improvisados consultores nigerianos. Subcontratados no sabíamos si más bien como experimento o como nuestra prueba mensual de superación personal. Con ellos descubrimos que el espíritu nigeriano equivalía al caribeño multiplicado por infinito: “Yes Madam”.

Julia era más fuerte que yo. Ella siempre respiraba antes y contaba hasta 10. Era mi premio anual, mi jackpot en ese año de despropósitos. En los mejores momentos compartíamos los instantes Big Fish con miradas cómplices que sólo nosotras sabíamos leer y, en los peores… bueno, esos todavía no habían llegado.

 This is Naija”, nos repetíamos. Era algo que la magia de nuestra llegada nos había impedido captar. Era el halo de misterio que se iba disipando y poco a poco nos dejaba ver la realidad de un país desnudo. Un país que cada día hacía crecer nuestro desconcierto hasta límites insospechados.



Lo fascinante de los icebergs es que sólo ves el 10%, el otro 90% está bajo el agua y no lo ves. Y contigo Nigeria pasa lo mismo, sólo veo un trocito que sobresale por encima del agua.