martes, 25 de marzo de 2014

Los peces dorados también bailan

Los peces dorados
también bailan…

Habíamos irrumpido en Nigeria blancas color “invierno español”. Tras dos meses y mucho sol ya brillábamos como peces dorados orgullosos aleteando sus nuevas escamas al nacer. Los locales nos llamaban Ojibo pero no sabían que ya estábamos mutando la piel y se comenzaba a atisbar cierto peligro en nuestra mirada.
Si fuéramos peces en Nigeria seríamos pequeños y bailongos Goldfish. Vivíamos en nuestra pecera, aunque de vez en cuando salíamos al océano en busca de piratas, capitanes y barcos hundidos. Convertíamos la adrenalina en carcajadas y así éramos felices, nadando y bailando al ritmo africano.
Julia creía que en otra vida fue africana pero lo que no sabía era que el problema era que nos habíamos convertido en Peces dorados y el ritmo Afrobeat nos había conquistado cual sirena cantando a un marinero.
Dicen que ser feliz es la sucesión de muchos pequeños momentos felices. Julia y yo teníamos una colección a nuestras espaldas y aunque África tenía sus efectos secundarios estábamos rendidas a sus pies.
-Quiero un post de Afrobeat, y tiene que ser esta noche.
The African Princess se estaba poniendo seria y tenía razón. Su ceño me amenazaba firmemente y sin piedad. La verdad, me resultaba complicado seguir evitando escribir sobre ello. ¿Cómo describir música con palabras? Incluso yo me sentía incapaz… Lo único que sabía era que la música corría a mi alrededor y yo sólo podía rendirme ante ella. Ese ritmo movía cada minúscula parte de mi cuerpo y no importaba el resto del universo porque mientras sonara la música todo iría bien.
Si lo pensabas era de locos el poder que esa música tenía sobre nosotras. Las últimas semanas habíamos descubierto uno de los sitios que con el tiempo se convertiría en uno de nuestros favoritos. Lo tenía todo: historia, cultura, aire libre, diversión y música. Era el príncipe azul musical: Freedom Park, una antigüa cárcel reconvertida en terraza de verano española, museo, y anfiteatro para conciertos.
La mezcla de culturas en Freedom Park era evidente, pero cuando sonaba el ritmo afrobeat todos éramos iguales, sin importar el color de la piel. Por unos minutos al mes, los viernes por la noche la ciudad de Lagos saltaba al mismo ritmo… el ritmo de Freedom Park.
 
A veces era demasiado para nosotras y no siempre podíamos seguir bailando al ritmo nigeriano. Nuestra cultura tiraba fuerte de nosotras, nuestros valores tenían heridas de guerra, pero seguían siendo parte de nosotras y a veces por dentro sentíamos esa lucha. La mayor parte de la batalla de culturas era como subir a los autos de choque, cada golpe era una risa asegurada.
Uno de esos golpes tuvo lugar en la piscina del Federal a la que no solíamos fallar ni una tarde después del trabajo. Nuestro lugar de desconexión… pero ese día nos saltamos las normas y madrugamos un sábado para aprovechar el día antes de empezar la fiesta.
Tras observar por unos segundos a otra de esas parejas muy comunes en Nigeria (chica joven local y señor mayor blanco) seguimos nuestra conversación de sábado analizando por octava vez los acontecimientos de la noche anterior. Todo parecía ir como un día cualquiera, pero como siempre la ciudad nos volvía a sorprender y cuando me zambullí en el agua harta de los rayos del sol la chica local se acercó buscando mi amistad… y tuvimos nuestro primer choque-carcajada del día. Nunca el ofrecimiento de un trío pudo ocasionar tanta risa e incredulidad como cuando volví junto a Julia y le conté el ofrecimiento.
-Hi! How are you? Do you mind if we are Friends? Are you into girls?
-Mmmm no, sorry
-Oh, so you are hetero. Are you sure you don’t want to try it?
Mi cabeza sabía lo que estaba pasando pero mi cuerpo no podía salir de allí, me sentía atrapada en la piscina con la única salida bloqueada. O salía nadando o hacía como que me pasaba todos los días y la rechazaba educadamente. La segunda opción me pareció más digna, así que tras los 7 minutos más incómodos de mi vida nos pasaríamos las siguientes 24 horas recordando ese momento de locura.
Esa no sería la última vez que una local se acercaría a nosotras, pero como todas las primeras veces merecía su momento especial.
 
Lo que más me gustaba de Julia era la habilidad que tenía para sorprenderme con sus historias. Tenía una pulsera diferente para recordar cada uno de los momentos que no quería olvidar. Me encantaba la idea, pero todos esos momentos se iban acumulando en  mi cabeza. La visita al mercado de Yaba, nuestra primera compra de telas y cómo pagamos más del triple de lo que valían,  nuestro primer viaje juntas a Mainland y el primero separadas, las noches de fiesta, la playa de Eleko un miércoles de San José en Nigeria y los momentos de inmensa felicidad de las últimas semanas.
-Si un día me pierdo en Nigeria, sabes dónde encontrarme – le dije a Julia con la cara iluminada tras pasar los primeros cinco minutos absorta mirando el paraíso que nos rodeaba.
 
Estábamos en África aunque a veces se nos olvidaba. El viento golpeaba mi cara y no podía quitar esa sonrisa extraña de felicidad.  
 

 
Pero hubo un día especial en que Nigeria me robó el corazón. Uno de esos días perfectos que sólo pasan una vez cada mucho tiempo. Uno de esos días mágicos que te encogen el alma.
Recorriendo la laguna llegamos a una zona tropical poco transitada. Las palmeras nacían en la orilla de la laguna y la maleza escondía secretos que no imaginábamos. Tras nadar a la orilla y atravesar el poblado indígena la playa se oteaba azul y radiante.
El sol brillaba con fuerza y los niños de la aldea nos seguían curiosos como si viviéramos una de esas aventuras a las que jugábamos de niños… Por un momento mi corazón se paró y me sentí cómoda en mi mundo perdido, en mi País de Nunca Jamás.
 
La vida me sorprendía cuando más lo necesitaba y sólo el miedo podía impedirme vivir cada momento como si fuera el último. Poco a poco lo estábamos consiguiendo, poco a poco conocíamos la ciudad como la palma de nuestra mano.
El color de nuestra piel cambiaba, nuestras escamas se hacían cada vez más doradas y cada vez bailábamos más rápido convirtiendo el choque de culturas en una mezcla intermedia como si ese hubiera sido su lugar natural... como si ese pudiera ser mi lugar favorito en el mundo pero nunca lo hubiera sabido.

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