Hoy después de cenar, descansar y evadirnos en nuestros nuevos sofás vintage de
séptima mano Julia me ha contado algo que me ha parecido muy interesante:
- Yo siempre he pensado que hay dos tipos de gente: gente de océano y gente de charca.
- Yo siempre he pensado que hay dos tipos de gente: gente de océano y gente de charca.
Ante semejante afirmación no he
podido más que quedarme perpleja y dejar de atender la pantalla de mi ordenador
para escuchar más sobre esa teoría.
- ¿Cómo?
- Sí, que hay gente de charca, como un pez que vive en un pequeño lago y no quiere salir de allí porque se encuentra cómodo; y luego, por el contrario, hay gente de océano, que no hacen más que entrar y salir de grandes superficies de agua buscando continuos retos sin temor a lo que puedan encontrarse por el camino.
- Ahhh – he logrado articular, pensando si entre esos dos tipos de gente habría algún término medio que los combinara de forma extraordinaria - Pero, ¿depende del momento de cada persona? o, ¿cómo funciona eso?
- Bueno, sí, pero también es algo que se lleva en la sangre. Tú, por ejemplo, cuando nos informaron del destino de la plaza tuviste que decidir si eras gente de charco y te quedabas en casa trabajando o, por el contrario, te venías a Lagos. Elegiste la segunda opción, así que claramente eres gente de océano.
Sin duda esa conversación me había despertado un poco de mi
letargo nocturno y me había dado algo en lo que pensar, ¿sería cierto lo que decía? Por
supuesto que me sentía orgullosa de pertenecer al tipo de gente de océano, sin
embargo, ¿pueden los peces de océano visitar a los peces de charca sin dejar de
serlo? ¿Y qué pasa si olvidan el camino de vuelta? Entre tantas preguntas sin sentido
decidí que ya estaba lo suficientemente cansada como para retirarme a la cama,
así que le di las buenas noches a Julia y me encerré en mi búnker
antimosquitos para intentar conciliar el sueño.
Es curioso como el conjunto de pequeñas decisiones puede
llevarte a un momento y un lugar de tu vida que jamás habrías imaginado. Hace
un año soñaba con destinos afrodisiacos y hoy me encuentro casi dormida en la
cama de un dúplex que comparto con Julia en Lagos (Nigeria), en medio de la África
profunda donde los blancos son llamados Ojibo
(extranjeros) y un chófer nos lleva de puerta a puerta dejando a nuestro antojo
su destino durante la mayor parte del día.
¡Pobre Immanuel! Cuando le propusieron trabajar para
nosotras en la Oficina Comercial de España nunca imaginaría la negra mole de
coche heredado que le daríamos como herramienta de trabajo. Cada vez que
paramos en un lugar me apiado de él e intento no mirar la cara de pena de lo
que parece un cachorro a punto de ser abandonado sin saber cuándo volverá su
dueño a jugar con él.
Por aquí dicen que apiadarse del servicio es tomado como
signo de debilidad por los nigerianos y que lo aprovechan en tu contra.
Posiblemente tengan toda la razón, hoy ya nos ha pedido una suma exorbitante
para comprar utensilios de limpieza para el coche… pero un cachorro es un
cachorro, ¿no? Al fin y al cabo sigue estando en período de prueba hasta dentro
de un mes. Tengo que reconocer que tras pegarle la primera bronca por pararse
ante la seguridad del complejo ya le he cogido un poco de cariño.
- No one can’t stop us when we are in the car, Immanuel. We have the diplomatic license plate and they must see it, do you understand that?
- No one can’t stop us when we are in the car, Immanuel. We have the diplomatic license plate and they must see it, do you understand that?
Julia se lo había dicho firme y
claro al chófer tras mi enfrentamiento con el guardia de seguridad del complejo
que nos preguntaba a qué bloque nos dirigíamos. Sin embargo, tras sus palabras,
Immanuel pareció no inmutarse y, a pesar de no emitir ningún sonido de
respuesta, supimos que lo había entendido cuando de repente parecía no querer
pararse ni en las señales de stop.
- Es importante que no digamos nuestra dirección completa. – Le dije a Julia al entrar en la última garita de seguridad del complejo en el que vivíamos- Estamos solas y no conocemos a los guardias que nos preguntan, podría complicarse la historia y darnos un susto si nos controlan las entradas y salidas habituales.
- Es importante que no digamos nuestra dirección completa. – Le dije a Julia al entrar en la última garita de seguridad del complejo en el que vivíamos- Estamos solas y no conocemos a los guardias que nos preguntan, podría complicarse la historia y darnos un susto si nos controlan las entradas y salidas habituales.
Ese día acabábamos de llegar de mantener una charla más que apabullante con la Cónsul de España en Lagos. Había insistido encarecidamente
en que mantuviéramos todo lo posible el protocolo de seguridad y no compartiéramos
información personal con extraños, incluido comentarle los horarios del día a Immanuel.
No fue una charla muy amistosa, más bien parental, protectora… así que Julia y
yo nos alegramos cuando por fin volvimos del Consulado hacia la Oficina Comercial. Por lo
menos nos llevábamos sabios consejos que poner en práctica. (Aún tengo
pendiente preguntarle qué se debe hacer cuando aplastan su nariz ante la
ventanilla tintada del coche tras la que te encuentras para identificar el Ojibo que va dentro).
Aquí los días parecen semanas y aún estamos en proceso de adaptación
de esta realidad paralela a todo lo que un día pudimos conocer y que ahora
queda tan lejos y borroso. Nos da la sensación de estar en una vida surrealista
de la que todavía no somos conscientes y, pese a ello, estamos contentas de
estar aquí. Es inexplicable la magia de este sitio y cuánto nos atrae cada
pequeño detalle que pasa a nuestro alrededor. En cada trayecto en coche abrimos
los ojos como platos por cada calle que aparece ante nuestra vista. Intentamos
no dejar escapar ni un ápice de la curiosidad que nos atrapa cada vez que
observamos a los viandantes con sus característicos atuendos.
Muchas veces nos sentimos observadas y aprendemos día a día
a mantener la mirada firme, al frente. Otras muchas, nos escondemos tras nuestra
burbuja desde la cual podemos observarles nosotros a ellos y mañana, por fin,
saldremos al mar a nadar con los tiburones: las empresas nigerianas.
Sí, Julia y yo somos peces de océano como ella dice, pero esta
vez estamos nadando en nuestra propia, única y caótica ciudad: Lagos -esa gran
desconocida para el resto de la humanidad- y, de momento, nos encanta.



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